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En ocasiones resulta curioso cómo las cosas han cambiado tanto, en mucho o en poco tiempo, hasta convertirse en algo totalmente distinto a lo que eran en origen. Evidentemente, la evolución de la cultura y la sociedad tiene un protagonismo patente en este tipo de cambios. Las modas, la forma en la que entendemos el mundo, también varía. Por fortuna, la apertura sexual de los últimos años está permitiendo que ser gay o bisexual hoy en día ya no sea un infierno, como hasta hace poco lo era. Poco a poco, la sociedad se está abriendo al respeto total y absoluto por los demás, con el objetivo algo utópico de crecer realmente sin diferencias. Las seguirá habiendo, porque es imposible eliminarlas del todo, pero al menos parece que vamos por el buen camino, el del respeto y la consideración a los demás, sea cual sea su raza, su orientación o su trabajo.

Y es que estamos de acuerdo en que no está bien burlarse de alguien por trabajar como camarero, basurero o limpiadora, ¿verdad? Sin embargo, hay trabajos que todavía están marginados, estigmatizados, como por el ejemplo, el de prostituta. Un oficio antiquísimo que, de hecho, empezó siendo muy diferente a como es ahora, aunque siempre haya tenido al sexo como eje central. Las mujeres que se entregan al placer por dinero son consideradas vulgares, insultadas y marginadas del sistema. Es algo impuro, indigno, a pesar de que no hacen daño a nadie. Y nos referimos a aquellas que por propia decisión, por ambición o necesidad, han querido entrar en este negocio. Nada de esclavas sexuales, ya que eso es, por desgracia, otra parte de este negocio. Ser una prostituta es hoy por hoy una de las peores cosas que le pueden pasar a una mujer, por muy segura de sí misma que esté. Incluso aquellas que trabajan con clientes muy solventes y ofrecen servicios de lujo, las que deciden con quien se acuestan y ganan miles de euros al mes, también lo ocultan. Pero hubo un tiempo en el que la prostitución era un asunto mucho más positivo, incluso místico.

La prostitución sagrada

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Y es que muchos no lo sepan, el origen de la prostitución no está en las calles, o al menos no solo en ella, sino también en los templos. Más concretamente, en los primeros templos levantados en Sumeria, en honor de las diosas femeninas como Ishtar. Esta deidad era considerada no solo como una diosa madre, protectora y dadora de vida, sino también como la amante de todos los demás dioses. Es por ello que en los templos de Ishtar, custodiados por sus sacerdotisas, se llevaban a cabo orgías y encuentros sexuales con los devotos, a cambio de ofrendas. Las propias seguidoras de Ishtar se entregaban al placer con los hombres que colaboraban con el templo, en un vínculo sagrado con su diosa.

Y es que durante ese proceso, la deidad parecía poseerlas y era ella quien se entregaba con aquellos devotos. Algo así como estar en contacto divino con la diosa a través del sexo. ¿Existe alguna conexión más especial que la carnal? En aquellos primeros tiempos, hace miles de años, la llamada prostitución sagrada era bastante habitual no solo en Sumeria, sino más tarde también en otros territorios. El sexo en los templos era algo ritual, pero era sexo a cambio de algo, al fin y al cabo. Sin embargo, ya con la llegada del Imperio Romano, las cosas cambiaron bastante hasta derivar en el sesgo religioso y moral que estamos viviendo actualmente. La prostitución ya no estaba tan bien vista fuera de los templos. Ahora era un trabajo para esclavas, y eso no la favoreció.

Las prostitutas, enviadas de las diosas

Cuando las religiones politeístas eran mayoritarias y dominaban prácticamente en todo el mundo, la prostitución todavía no era un concepto tan denigrado como ahora. Tuvieran o no realmente esa conexión con las diosas, más allá de las que trabajaban en los templos, estas mujeres llevaban a cabo su oficio con dignidad. Sus servicios eran solicitados por muchos hombres, que encontraban en ellas una válvula de escape para no tener que esperar hasta concertar un matrimonio. El deseo sexual como atisbo de la conexión con los dioses, una forma de entrar en verdadero éxtasis religioso. Si es algo tan bueno, tan natural tan disfrutable, ¿cómo pasó el sexo a convertirse en algo prohibido? La respuesta, como siempre, está en la Historia.

La religión impone su moral

Hay un cambio de paradigma importante en el principio de nuestra era, marcada precisamente por el nacimiento de Cristo. El judaísmo y el islam ya empezaba a despuntar en aquellos tiempos, y luego lo haría el cristianismo, en toda Europa y posteriormente en América. Las tres religiones tienen ciertas semejanzas, especialmente en los códigos morales que imponen. Son dogmas, es decir, leyes que uno debe cumplir si quiere ser un buen devoto. Y entre ellas está el no caer en el sexo por placer, sino solo como medio de reproducción, con aquella persona a la que amamos. El sexo es un pecado para los cristianos, o más bien la lujuria, y ese pensamiento de impureza se expandió durante toda la Edad Media y los siglos posteriores.

Al contrario que en las libidinosas y atrevidas fiestas romanas y griegas, donde el sexo con todos era habitual, los cristianos, y también musulmanes y judíos, consideraban esas conductas depravadas. Por ende, el sexo se volvió algo peligroso, y con él las mujeres que lo ofrecían a cambio de dinero. Las prostitutas sagradas habían desaparecido siglos antes, pero ahora era la propia religión la que quería acabar con las que quedaban en la calle. Mujeres que se salían del sistema y que querían vivir de una forma diferente al resto. Que provocaban el pecado y a los hombres de bien. Y que a la vez, eran contratadas por esos mismos hombres, a hurtadillas claro está, para saciar sus más ardientes deseos. La hipocresía triunfó, y la prostitución quedó relegada a la marginalidad del sistema.

Un trabajo más en la actualidad

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La realidad actual de la prostitución no dista mucho de lo que ha venido siendo en los últimos siglos. Un trabajo que se mantiene al margen del sistema, por el único hecho de ofrecer un servicio basado en el sexo. Es un tema moral, evidentemente, y no tiene nada que ver con nada más. La prostitución es legal en varios países y está perseguida en muchos otros, en un intento por regularizar la situación de estas mujeres, o de frenar la expansión de este “vicioso trabajo que las explota”. La realidad es mucho más compleja que señalar que todas las chicas son esclavas sexuales, o que lo hacen solo por necesidad. Atrás han quedado aquellos tiempos en los que estar con una prostituta sagrada era un símbolo de ostentación y de acercamiento a la deidad. El misticismo se ha perdido casi por completo en este negocio.